man-with-smartphone

Confirmado: España es el país con mayor penetración en el uso de smartphones de la UE (66% de tasa de penetración). Ya lo apuntó el estudio Spain Digital Future in focus (abril de 2013), firmado por ComScore. Concluye además dicho estudio que nuestro país cuenta con la cuota más elevada de cuota de mercado de la UE de dispositivos Android (92%), que se lleva la parte del león a nivel mundial frente a IOS. Y esto pese a la crisis y los reajustes en los presupuestos familiares, al menos en nuestro país. No entramos a analizar posibles ‘insights’ de públicos consumidores, por continuar con la pose y jerga marketinianas. ¿En qué interesa todo esto a la Ciencia Ciudadana?

Interesa, y mucho. Y sobre todo interesa ser conscientes del abanico de posibilidades que se abre a la participación científica de los usuarios de smartphones. Es evidente que no hay que empezar la casa por el tejado y que los experimentos responden a un trayecto intelectual o científico determinado, que en origen poco tiene que ver en origen con el formato final en que llega al público. No obstante, la realidad, según más estudios de mercado, es que no abandonamos los dispositivos móviles ni para ir al baño, y ni mucho menos para ver TV. ¿Cómo no va a ser esto importante para quienes tratan de fomentar la ciencia y la curiosidad científica entre los ciudadanos?

Berkeley ya se ha puesto manos a la obra. Una nueva aplicación móvil creada por BOINC (Berkeley Open Infraestructure for Network Computing) permite al usuario donar parte de la capacidad de su smartphone a projectos científicos que requieren de boincoperaciones diversas. Ese software permitirá analizar información o ensayar simulaciones que normalmente requirirían enormes costes en forma de supercomputadoras. «En estos momentos hay cerca de un billón de dispositivos, y su capacidad total de computación excede a la de las supercomputadoras convencionales más grandes», apunta David Anderson, su creador.

Dentro del proceloso mar de apps, creciente día a día, existen muy diversos productos destinados a los amantes o al menos curiosos de la ciencia. Muchas tienen un fin didáctico (3dBrainDroidSkyView, Planets, EyeDecide, Molecules, iCell, VideoScience…), otras instrumental y más práctico (RealCalcScientificCaltulator, Periodicdroid, Promega, Formulae…)  aunque como es lógico, estando en Ibercivis me han llamado la atención algunas  que están insertas en un proceso de observación y análisis científicos, en suma las que permiten participar en proyectos a través de experimentos y observación. Algunas plataformas de Ciencia Ciudadana o de Ciencia Abierta han consolidado apps muy bien diseñadas para cumplir con ese objetivo. Echando un vistazo a lo que se propone por ahí, es obvio que dos campos parecen contar con las preferencias del público a la hora de conectar con la ciencia (y quizás también a la hora de ser percibidos como campos relevantes para quienes pueden ofrecer apoyo institucional o financiero): la astronomía y la ecología.

Cielo-estrelladoLa astronomía es un terreno de inmensas posibilidades para la motivación científica y para satisfacer la innata curiosidad humana (MeteorCounter) ¿Quién no ha mirado al cielo y empezado a cavilar? Un fenómeno antropológico ligado al desarrollo de la ciencia a lo largo de los siglos, y que debe de tratar de satisfacer el asombro ante la hondura de un cielo estrellado. Motivar al aprendizaje, a la admiración por el mundo que nos rodea y más allá mediante la observación y el aporte de datos con los smartphones, a los que acudimos para registrar o compartir en cualquier circunstancia y situación, es irrevocable. Ibercivis se ha puesto en marcha, ojalá pronto podamos servir de puente efectivo y práctico entre astrónomos y ciudadanos.

La ecología, muy ligada al conservacionismo medioambiental, también aglutina una buena parte de las apps de ciencia ciudadana (ProjectNoah, CreekWatch, SciSpy) . Es fácil mirar alrededor y encontrar asuntos por resolver, urgencias de las que todos somos conscientes, y también de lo titánico que resulta cambiar la dinámica predadora del sistema económico y productivo global. Además se da la circunstancia de que para algunos la Ciencia Ciudadana cuenta con una genealogía propia que nace en el continente americano, en los Georges Washington, Benjamin Franklin y Thomas Jefferson y en sus observaciones del clima norteamericano. Es cierto que fue Thomas Jefferson quien primero tuvo la visión de crear una red de registradores climáticos, reclutando para ello a voluntarios en seis estados, una red que ha crecido en la actualidad hasta los 10.000, y cuyos aportes recopila el Smithsonian Institute. Ahora bien, la historia de la ciencia colaborativa está por escribir, quizás en otro post nos asomemos y pongamos nuestro granito de arena en ella.