La red Open-Red nació de un convenio entre el Consejo de Seguridad Nuclear y la Fundación Ibercivis y se ha desarrollado junto a las universidades de Zaragoza, Cantabria y la Politècnica de Catalunya y el CIEMAT. Ya supera las 500.000 lecturas de radiación gamma tomadas por científicos ciudadanos con detectores de bolsillo.
Un primer análisis, provisional, muestra que los datos reproducen lo que cabe esperar de la geología, con más radiación sobre el granito y menos en la costa caliza, y que todos los valores corresponden al fondo natural, sin riesgo para la salud. La red necesita ahora más medidas, repetidas en el tiempo y en las zonas donde todavía no hay datos, y presta detectores a quienes quieran organizar sus propias campañas.
Todos estamos expuestos, a cada instante, a una pequeña cantidad de radiación que no tiene nada de artificial. Procede de las rocas y del suelo, que contienen uranio, torio y potasio, de los materiales de construcción y de los rayos cósmicos que llegan desde el espacio. Su intensidad cambia de un sitio a otro, y no es la misma sobre una playa de Mallorca que sobre el granito de Salamanca. Medirla con detalle, calle a calle y sendero a sendero, es el objetivo de Open-Red, una red de ciencia ciudadana que acaba de alcanzar las 500.699 medidas.
Detrás de esa cifra hay 108 cuentas de usuario que han subido recorridos a la plataforma, 845 trayectos a pie, en bici, en coche o de viaje, 71 detectores y 217 días de medida repartidos entre el 25 de agosto de 2025 y el 5 de noviembre de 2026. El 85 % de las lecturas se ha tomado en España, en 33 provincias, aunque hay medidas en 16 países.

La radiación que mide Open-Red
La radiactividad es la propiedad de algunos átomos inestables de transformarse en otros liberando energía. Esa energía sale en forma de tres tipos principales de radiación. La alfa está formada por núcleos de helio, partículas pesadas que una hoja de papel o la capa externa de la piel detienen y que en el aire apenas recorren unos centímetros. Solo es peligrosa si el átomo que la emite entra en el cuerpo al respirarlo o ingerirlo, como ocurre con el radón, un gas que sale del suelo. La beta está formada por electrones, llega a unos metros en el aire y se frena con unos milímetros de aluminio o de plástico. La gamma, en cambio, es radiación electromagnética, como la luz visible pero de muy alta energía. Atraviesa el cuerpo y en el aire se va atenuando poco a poco, de modo que su intensidad se reduce a la mitad cada cien metros, aproximadamente. Solo la frenan espesores de plomo, hormigón o tierra.

Open-Red mide radiación gamma, la que llega a un detector que se lleva en la mano, a un metro del suelo, desde las rocas, el suelo y los edificios de alrededor. La mayor parte de lo que registra procede de unas decenas de metros a su alrededor y de los primeros centímetros del suelo. La emiten sobre todo el potasio-40 y los descendientes del uranio y del torio presentes en la corteza terrestre, entre ellos los del propio radón, y a ella se suma la componente de los rayos cósmicos. Los detectores del proyecto llevan un cristal centelleador que produce un destello de luz cada vez que lo alcanza un fotón gamma. Contando esos destellos y midiendo su energía, el aparato calcula la tasa de dosis, que se expresa en microsieverts por hora (µSv/h). Un microsievert es la millonésima parte del sievert, la unidad con la que se mide el efecto de la radiación sobre el cuerpo humano.
El convenio y los socios
Open-Red nació de un convenio de colaboración entre el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) y la Fundación Ibercivis. Durante 30 meses, hasta su cierre el 21 de junio de 2026, el proyecto se propuso crear una red abierta y colaborativa para medir y visualizar la radiación gamma ambiental en España, con datos de alta resolución obtenidos por la propia ciudadanía.
Ibercivis coordinó el proyecto con cuatro socios, la Universidad de Zaragoza, la Universidad de Cantabria, la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) y el CIEMAT (Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas). Contó además con un grupo de expertos de esas instituciones y del propio CSN, que asesoró en el diseño de la red y en la validación de los datos.
El primer paso fue elegir bien el instrumento. En los laboratorios del Instituto de Técnicas Energéticas (INTE) de la UPC se pusieron a prueba varios detectores de bajo coste, desde aplicaciones que usan la cámara del móvil hasta contadores Geiger. Con fuentes de cesio-137 se midieron su linealidad, su respuesta según el ángulo y la energía, su deriva con la temperatura y su capacidad de captar el fondo cósmico. La conclusión fue que no todo lo barato sirve. El elegido fue el RadiaCode 102, un espectrómetro de centelleo de bolsillo, del que el proyecto adquirió 65 unidades para prestarlas en las campañas.

Sobre esa base, Ibercivis desarrolló la plataforma Open-Red, que incluye un mapa público interactivo en map.open-red.es, una API de datos abiertos y una aplicación gratuita para iOS (App Store) y Android (Google Play). La aplicación recoge las lecturas del detector y las sube geolocalizadas. Cada medida queda ligada a un aparato, a un recorrido y a una campaña, de modo que cualquier punto del mapa puede rastrearse hasta el instrumento que lo registró.

Campañas y participación
La red no se llenó sola. El proyecto organizó tres hackathones en cuatro ciudades, Madrid (en el CIEMAT), Zaragoza y Santander-Bilbao, con 138 participantes. Entre noviembre de 2025 y mayo de 2026 desplegó además 21 campañas de medición en entornos urbanos, rurales e insulares, con colegios e institutos de Madrid, Badajoz, Burgos y Asturias, universidades de Palma, La Laguna, Santander, Bilbao, Burgos y Zaragoza, y campañas en Melilla, en la Casa de la Ciencia del CSIC en Valencia, en el Moncayo y en la comarca de Ciudad Rodrigo. En total, más de 500 personas han medido con Open-Red en alguna de esas actividades. Son muchas más que las 108 cuentas de la base de datos porque, en los institutos, varios estudiantes compartían un mismo RadiaCode y subían sus medidas desde una sola cuenta.



Al cierre del convenio, en junio, la red sumaba unas 280.000 medidas. Después siguió creciendo hasta las 409.720 de septiembre y supera ya el medio millón, porque la comunidad ha seguido midiendo por su cuenta.

Quién mide y cuándo
Los datos muestran dos formas de participar. Las campañas concentran la actividad en marzo y abril de 2026, cuando midieron 29 y 43 cuentas distintas y se reunieron casi 190.000 lecturas. Un núcleo de científicos ciudadanos muy constante sostuvo después la red en verano y otoño, y en agosto y octubre de 2026 superó las 65.000 medidas mensuales con menos de diez cuentas activas.

Esa concentración tiene consecuencias. Las cinco cuentas más activas aportan el 45 % de todas las medidas y las diez primeras, el 65 %, mientras que 55 cuentas han subido un único recorrido. Para el análisis es una advertencia importante, porque un patrón que solo aparece donde miden los más activos puede reflejar sus rutas habituales y no el territorio.

Calidad de los datos
El control de calidad descartó 5.817 lecturas, el 1,2 % del total, por dosis nulas, valores imposibles, posiciones GPS imprecisas o coordenadas (0, 0). Entre los errores aparecen picos aislados de hasta 1.000 µSv/h que no casan con el número de cuentas del propio detector. Son fallos de cálculo que un filtro de coherencia en la entrada de datos podrá eliminar. La práctica totalidad de las medidas procede de la misma familia de detectores, lo que reduce las diferencias entre aparatos.
La mediana de todas las lecturas es de 0,053 microsieverts por hora (µSv/h), y el 90 % de los valores cae entre 0,030 y 0,130 µSv/h.
Valores sin riesgo para la salud
Todo lo que ha medido la red es fondo radiactivo natural, el que existe en cada lugar por su geología y su altitud. Las diferencias entre zonas son reales y medibles, pero muy pequeñas en términos de dosis. Pasar una hora en el centro de Madrid, una de las zonas con valores más altos, supone algo más de 0,1 µSv. Una radiografía de tórax supone unos 20 µSv, y un vuelo transatlántico, varias decenas. Por eso los mapas de Open-Red no usan el rojo, que sugeriría un peligro que no existe.
El mapa del fondo natural
Si se representan solo las medidas tomadas a pie o paradas, agrupadas en celdas de unos cinco kilómetros, aparece un patrón reconocible, con valores bajos en la costa y en las zonas calizas y más altos en las áreas de granito y de montaña.

Entre las provincias con suficientes cuentas y recorridos, Baleares (0,040 µSv/h), Cantabria (0,044) y Valencia (0,054) se sitúan en la parte baja, y Madrid (0,113) y, sobre todo, Salamanca (0,148) destacan en la alta. Encaja con lo que se sabe del subsuelo, que en un caso está formado por rocas calizas y sedimentarias y en el otro por granitos, más ricos en uranio y torio. Los autores del análisis califican este resultado de «sugerente», porque el mapa mezcla la geología con el lugar al que cada científico ciudadano decidió ir a medir.

La diferencia no está en unos pocos puntos extremos. Si se mira cómo se reparten todas las lecturas a pie de cada provincia, en Madrid y Salamanca se desplaza la distribución entera hacia valores más altos, mientras que en Baleares y Cantabria casi todas las lecturas quedan por debajo de 0,08 µSv/h. En Madrid se distinguen dos grupos, uno en torno a 0,05 µSv/h y otro en torno a 0,12, que corresponde al centro de la ciudad.

Madrid
Madrid merece una mención aparte. Con 13.041 medidas y 31 recorridos de 12 cuentas no es la provincia más medida, pero el centro de la ciudad, donde se celebró la campaña de Matadero en mayo de 2026, es la celda de toda la red que han recorrido más cuentas distintas. Diez cuentas la midieron en 15 recorridos y 3.670 medidas. Su mediana, 0,122 µSv/h, es más del doble de la de todas las medidas, y entre las provincias con datos suficientes solo Salamanca supera a Madrid. Como la han medido muchas personas con aparatos distintos, es uno de los valores altos más fiables del conjunto.

La explicación más probable es geológica. Buena parte del subsuelo de Madrid son arenas que proceden de la erosión del granito de la sierra de Guadarrama, y el granito abunda también en edificios, bordillos y pavimentos. El Mapa de Radiación Natural de España (MARNA) ya asigna a la zona un fondo más alto. Una mediana de 0,12 µSv/h es un valor normal para una ciudad asentada sobre ese terreno y no supone ningún riesgo.
Villar de la Yegua
La zona más llamativa está en Villar de la Yegua, en la comarca salmantina de Ciudad Rodrigo, un territorio con mineralizaciones naturales de uranio. El 9 de mayo de 2026, durante la campaña de la zona, se midió dos veces un afloramiento de roca, y lo recorrieron tres detectores distintos. Los tres marcan más cuanto más se acercan a la roca. A menos de 30 metros sus medianas van de 0,17 a 0,34 µSv/h, y a más de 100 metros bajan a 0,14–0,18 µSv/h, todavía por encima del resto de la provincia (0,123).

Las diferencias entre detectores no se deben a los aparatos. Cuando varios detectores miden de verdad el mismo sitio, sus medianas difieren entre un 10 % y un 17 %. En Villar de la Yegua cambian el recorrido y el tiempo que cada uno pasó junto a la roca, y en una zona mineralizada unos pocos metros cambian la lectura. El análisis deja fuera, además, dos recorridos en los que el detector dejó de actualizarse y repitió el mismo valor durante 10 y 64 minutos.
Durante cinco minutos, dos detectores parados junto a la roca, a pocos metros uno del otro, registraron a la vez entre 10 y 14 veces más cuentas por minuto de lo habitual en la zona. Es la huella de una fuente natural muy próxima, con toda probabilidad la propia roca. La tasa de dosis que corresponde a esas cuentas ronda los 3 µSv/h. Uno de los aparatos llegó a mostrar valores de hasta 200 µSv/h, pero no casan con sus propias cuentas y son el mismo tipo de error de cálculo que el control de calidad elimina en el resto de la red. Quedarse esos cinco minutos junto a la roca supone unos 0,25 µSv, unas ochenta veces menos que una radiografía de tórax.


Otras zonas medidas una y otra vez confirman el dibujo. En Ciudad Rodrigo, ocho recorridos de cuatro cuentas dan entre 0,10 y 0,15 µSv/h. En el extremo opuesto quedan la costa de Cantabria y Mallorca, con 0,03–0,04 µSv/h.
Cómo influyen el desplazamiento y la altitud
Antes de comparar zonas hay que tener en cuenta cómo se mide. Con el mismo detector y en el mismo lugar, medir a más de 29 km/h, casi siempre desde un vehículo, da un 16 % menos que hacerlo a pie, con un intervalo de confianza del 95 % que va de −22 % a −10 %, y la diferencia aparece en 16 de los 20 dispositivos analizados. Entre 11 y 29 km/h la lectura ya baja un 12 %. El análisis solo conoce la velocidad que registra el GPS, no el medio de transporte, y a esas velocidades puede ir una bici, un patinete o un coche en tráfico lento. Hará falta más análisis para separarlos y saber si la diferencia se debe al blindaje de la carrocería, al tipo de superficie por la que se circula o a la forma de llevar el detector. Es uno de los resultados más sólidos del análisis, y por eso el mapa se ha construido solo con medidas a pie o paradas.

La dosis también aumenta con la altitud, como cabe esperar por los rayos cósmicos. Pero en estos datos la altura va de la mano de la geología. Entre 500 y 800 metros están Madrid y Salamanca, y por encima de 1.600 casi todo es Pirineo, así que con lo medido hasta ahora no se pueden separar ambos efectos.

Influencia del tiempo y de la hora
Para averiguarla, cada medida se comparó con la mediana habitual de su celda de dos kilómetros y se cruzó con datos meteorológicos de modelo. La lluvia no muestra un efecto detectable (−2,7 %, con un intervalo que incluye el cero), aunque el análisis advierte de que el conocido «lavado» del radón por la lluvia dura minutos u horas y solo se sabía si había llovido ese día. La presión, la humedad, el viento y la temperatura tampoco muestran una relación clara.
Sí hay dos indicios interesantes. A primera hora de la mañana, entre las 6 y las 9, las lecturas son un 8,8 % más altas, algo compatible con la acumulación nocturna de radón cerca del suelo, un fenómeno bien conocido. En julio aparecen un 7,5 % por encima, lo que podría deberse a un efecto estacional o a una deriva del detector con el calor, y con los datos actuales no se puede distinguir.


Limitaciones y próximos pasos
El informe es una primera exploración, no un estudio revisado por pares, y enumera sus propios límites. El muestreo es oportunista, porque dónde, cuándo y quién mide no se elige al azar. Solo una decena de las 33 provincias tiene muestra suficiente para compararse. Las medidas mezclan aceras, calles, interiores y vehículos, y solo la velocidad de desplazamiento está controlada. Los detectores no se han calibrado de forma cruzada entre sí. Y los valores absolutos aún no se han contrastado con una red oficial, por lo que solo son defendibles las comparaciones relativas y el análisis evita dar una «media de España».
Los próximos pasos consisten en comparar las zonas más medidas con las estaciones automáticas del CSN cercanas, hablar con quienes midieron en Villar de la Yegua, incorporar datos de lluvia hora a hora, distinguir el medio de transporte de cada recorrido, filtrar en origen las lecturas incoherentes y, sobre todo, ampliar la cobertura más allá de los lugares donde ya se mide mucho.

Medio millón de lecturas no hacen todavía un mapa radiológico oficial. Pero muestran que una red de científicos ciudadanos con instrumentos bien elegidos, datos trazables y un control de calidad sencillo es capaz de reproducir lo que la geología predice, de encontrar puntos singulares y de confirmarlos con más de un aparato. El mapa sigue abierto en map.open-red.es, y cualquiera puede consultarlo o sumarse a la red con la aplicación.
Cómo participar
Las preguntas que este análisis deja abiertas solo se resuelven con más datos. Para saber si la subida de primera hora se debe al radón, si el aumento de julio es estacional o si la lluvia cambia las lecturas, hacen falta medidas repetidas en los mismos sitios a distintas horas y en distintas épocas del año. Quien recorre a menudo la misma ruta con un detector aporta justo ese tipo de dato.
También hacen falta medidas donde todavía no las hay. La red tiene datos en 33 provincias, pero solo una decena tiene muestra suficiente para compararse. En Galicia cada provincia tiene medidas de una sola cuenta, y de buena parte de Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura apenas hay datos.
Hay tres formas de sumarse. Quien tenga un detector RadiaCode puede medir con la aplicación de Open-Red para iOS o Android. Quien quiera seguir la red, resolver dudas o proponer recorridos puede unirse al canal de Telegram @OpenRedProject. Y las personas o instituciones que puedan organizar una campaña con varias personas, en un centro educativo, una asociación o un municipio, pueden pedir prestados detectores, por ejemplo cinco, durante dos a cuatro semanas. Basta con escribir a info@ibercivis.es.
Gracias
Este medio millón de medidas es obra de los científicos ciudadanos de Open-Red. Gracias a quienes han recorrido calles, sendas y playas con un detector en la mano, al alumnado y al profesorado de los centros educativos, a las universidades y entidades que acogieron las campañas, a quienes participaron en los hackathones y a quienes siguen midiendo cada semana por su cuenta. Sin su trabajo no existiría este mapa. Y gracias, desde ya, a quienes se sumen a partir de ahora.
Sobre los datos. Los datos proceden de la base de producción de Open-Red y se extrajeron el 8 de noviembre de 2026, con medidas del 25 de agosto de 2025 al 5 de noviembre de 2026. Son resultados provisionales de un informe exploratorio sin revisión por pares, en el que cada resultado se etiqueta como sólido, sugerente o no concluyente. Los valores de dosis no se han calibrado frente a una red oficial, así que las comparaciones son relativas. Las provincias proceden de Natural Earth y la meteorología, de Open-Meteo. Open-Red es un proyecto de la Fundación Ibercivis con la Universidad de Zaragoza, la Universidad de Cantabria, la Universitat Politècnica de Catalunya y el CIEMAT, desarrollado en el marco de un convenio con el Consejo de Seguridad Nuclear.