ECHO publica los primeros aprendizajes sobre sus iniciativas ciudadanas para generar conocimiento e investigar la salud del suelo en Europa

Cómo la ciencia ciudadana está contribuyendo a visibilizar la salud de los suelos

Cuando caminamos por un parque, por el campo o incluso por nuestro propio jardín, solemos ver el suelo simplemente como «tierra», algo inerte bajo nuestros pies. Sin embargo, el suelo es en realidad una estructura viva, dinámica y sumamente compleja. Además, es un recurso natural no renovable a escala humana, ya que la formación de 1 cm de suelo puede llegar a tardar hasta 1000 años en completarse, y un solo puñado de suelo sano puede albergar más organismos vivos que personas en todo el planeta. Lamentablemente, este recurso vital está bajo una presión sin precedentes debido a la agricultura intensiva, la urbanización acelerada y el cambio climático (Powlson et al. 2011; IPCC 2023; Prăvălie et al. 2024).

Para hacer frente a esta crisis de degradación silenciosa, existen iniciativas de ciencia ciudadana que amplían la red de personas que contribuyen a su investigación, ya que involucran a personas del público en general, más allá de aquellas pertenecientes a la academia. De esta forma, las personas participantes proporcionan una mayor cantidad de datos experimentales y recursos a los/las investigadores/as, plantean nuevas preguntas y co-crean una nueva cultura científica. Al mismo tiempo que aporta valor, la ciudadanía adquiere nuevos conocimientos y habilidades, y logra una comprensión más profunda del trabajo científico. Como resultado de este escenario se mejoran las interacciones entre la ciencia, la sociedad y las políticas públicas, dando lugar a una investigación más democrática y en una toma de decisiones informada (Serrano et al., 2014).

Esa adquisición de nuevos conocimientos por parte de las personas participantes en estas iniciativas es parte de lo que llamamos «alfabetización”, en este caso sobre el suelo. La mayoría de las personas apenas sabemos qué características tiene un suelo sano o por qué debería importarnos, y es importante que la ciudadanía esté informada y comprometida para impulsar las políticas y los cambios de hábito necesarios para protegerlo. Además, nos encontramos ante el reto científico de que no tenemos suficientes datos. Aunque la Unión Europea cuenta con herramientas oficiales excelentes de monitoreo, como el proyecto LUCAS (Orgiazzi et al. 2018), éstas tienen límites en cuanto a la frecuencia y cantidad de puntos de muestreo de suelo. En ambos aspectos, la ciencia ciudadana entra como una acción colectiva: permite alfabetizar y recopilar datos a una escala espacial y temporal difícilmente alcanzable para los/las científicos/as.

Los avances de Ibercivis recientemente publicados: claves para la generación de conocimiento, cocreación y participación ciudadana en la ciencia del suelo

Un artículo científico recientemente publicado por nuestra compañera Alba Peiro junto con el equipo del proyecto ECHO, con el título “Hacia unos suelos más saludables: aportaciones para la generación de conocimiento, cocreación y participación ciudadana en la ciencia del suelo” (“Towards Healthier Soils: Insights for Knowledge Building, Co-Creation and Citizen Engagement in Soil Science”) en la revista European Journal of Soil Science, comparte los aprendizajes del diseño, activación y ejecución de las primeras nueve iniciativas de ciencia ciudadana de dicho proyecto (en Alemania, Escocia, España, Finlandia, Grecia, Italia, Polonia, Portugal y Rumanía).

En este artículo, explicamos la importancia de empezar diseñando una metodología de muestreo del suelo precisa y sencilla que permita a cualquier persona —desde un agricultor hasta una estudiante de secundaria— evaluar su calidad con la misma precisión que la comunidad científica. Para ello, hicimos una revisión de proyectos, previos y actuales similares al nuestro, que nos permitió sentar las bases de nuestra metodología sobre sus lecciones aprendidas. Identificamos 91 proyectos existentes en todo el mundo, de los cuales analizamos 48, seleccionando finalmente las 17 mejores metodologías que cumplían con cinco requisitos indispensables: simplicidad, bajo costo, aplicabilidad temporal y espacial, replicabilidad y confiabilidad de los datos. El resultado fue el diseño de una metodología de muestreo en la que se realizarían tanto observaciones como un protocolo sencillo y directo en el campo, combinado con la toma de muestras para analizar en laboratorios científicos de primer nivel.

La activación de las iniciativas comenzó con el lanzamiento en mayo del 2024 del llamamiento a que las personas interesadas comenzaran a inscribirse en ECHO. El artículo anteriormente mencionado proporciona los detalles de los 10 talleres de co-creación que se llevaron a cabo con 261 personas de varios países para refinar la metodología diseñada, el kit de muestreo de suelo y las actividades a realizar en las propias iniciativas de las que formarían parte. En estas sesiones virtuales e in situ, las personas participantes probaron la versión preliminar de los kits y aportaron su visión crítica utilizando herramientas visuales interactivas para priorizar necesidades.

La respuesta de estos talleres también la incluimos en el artículo, ya que fue sumamente reveladora: el 33% declaró que su principal motivación para unirse era mejorar sus habilidades prácticas, un 25% buscaba ampliar sus conocimientos científicos, y un 21% deseaba conectar con redes de personas interesadas en el medio ambiente. Además, calificaron los materiales como «muy fáciles de usar» (14%), «prácticos» (11%) y «claros» (9%). Gracias a sus sugerencias y críticas constructivas, pudimos perfeccionar el diseño final de los materiales de ECHO.

El principal resultado fue un kit de muestreo refinado que permite evaluar los indicadores de calidad del suelo de tipo biológico, físico y químico (como la biodiversidad, estructura, pH, etc) propuestos por la Misión de Suelo de la UE, incluye: un manual de protocolos de campo detallado y traducido a varios idiomas, guantes de protección, una pala metálica de jardín para preparar el terreno, una cuchara de madera, un tubo de agua destilada y tiras de papel de pH para medir la acidez in situ, un tubo con solución de conservación del ADN para capturar la vida invisible del suelo y bolsas de muestreo biodegradables equipadas con un código QR único para asegurar el seguimiento de cada muestra. Además, todo este equipamiento se complementa con una aplicación móvil (disponible para Android e iOS) que guía paso a paso en la toma de notas sobre el terreno y el envío de los resultados directamente al repositorio abierto del proyecto llamado ECHOREPO.

En ciencia ciudadana también tratamos de construir comunidad. El artículo que hemos publicado muestra cómo, para coordinar un gran proyecto europeo como el nuestro es esencial la presencia de figuras intermedias entre el equipo y las comunidades y actividades locales, como la de los/las embajadores/as de ECHO. Hasta abril de 2026, 466 embajadores se habían unido activamente a la red. Estas personas se han encargado de distribuir localmente más de 9,800 kits, resolver dudas sobre el terreno, organizar talleres locales y jornadas de muestreo conjuntas, así como del envío de las muestras de suelo de vuelta a los laboratorios del proyecto en Italia. A su vez, estas personas se han visto beneficiadas de participar en la red, con todo el material y la posibilidad de realizar actividades en el marco del proyecto en sus propias comunidades, muchas de las cuales estaban muy consolidadas antes de su participación en el proyecto y eran afines a las cuestiones medioambientales relacionadas con los suelos. Por otra parte, la acogida de la ciudadanía ha sido muy positiva, en abril de 2026: más de 9,700 personas habían asistido a las sesiones de divulgación y charlas informativas, y más de 6,000 ya habían participado directamente en las jornadas de muestreo de suelos.

El artículo incluye el análisis descriptivo de la participación de los/las embajadores y sus comunidades hasta el momento. Entre los principales grupos ciudadanos a los que se ha pretendido llegar son las comunidades agrícolas y de gestión de tierras, comunidades educativas, sociedad civil, comunidades locales, organismos científicos e instituciones académicas y ONGs. Dicho análisis también reveló notables diferencias entre los nueve países participantes hasta el momento. Las diferencias más marcadas se registraron en el interés por involucrar comunidades agrícolas, de gestión de tierras, y educativas, seguidas de las comunidades locales y el sector científico/académico. Por el contrario, el enfoque hacia las ONGs se mantuvo relativamente homogéneo entre las distintas iniciativas. Respecto a los rangos de edad, la mayoría de los países ha involucrado a adultos de mediana edad (19 a 60 años), mientras que otros rangos como la participación de niños/adolescentes (menores de 18 años) y adultos de avanzada edad (mayores de 60 años) varió significativamente según el país de la iniciativa. Por ejemplo, España e Italia reflejaron un mayor abanico de grupos de interés y rangos de edad, mientras que Polonia mostró la menor diversidad.

Con todo ello, en nuestro estudio también resaltamos los beneficios de la aplicación de un modelo híbrido de participación ciudadana en la actividad científica. Es decir, existen proyectos en los que se co-crea casi todo con la ciudadanía, y otros en los que las personas sólo participan en la toma de muestras. Sin embargo, en ECHO hemos visto que un nivel de participación intermedio (co-creando únicamente los materiales y actividades locales e incidiendo en las campañas de recogida de muestras) se asegura la ejecución de las iniciativas dentro de los plazos, la implicación y capacitación de la ciudadanía, así como la recogida de los datos a gran escala.

Asimismo, el análisis de proyectos similares nos ha permitido reconocer patrones, por ejemplo, respecto a la inclusividad y adaptación de los protocolos a las diferentes capacidades ciudadanas. Los indicadores biológicos resultan ser de los más adecuados por requerir materiales más económicos y observaciones visuales sencillas. Sin embargo, como es el caso de ECHO, la evaluación integral del suelo también implica la inclusión de indicadores de tipo químico o físico cuyas metodologías son más rigurosas y complejas, y requieren de laboratorios especializados y equipamiento difícil de descentralizar.

Nuestro artículo concluye destacando las tareas pendientes y puntos positivos hasta la fecha. Reconocemos que un paso crítico para sostener la participación ciudadana es asegurar que los resultados de los muestreos, y especialmente los de los análisis de laboratorio, se devuelven a la ciudadanía en formatos interpretables y accesibles, a través la plataforma ECHOREPO. Además, este artículo expone la fase inicial del proyecto, por lo que no debe considerarse como una evaluación definitiva de su impacto a largo plazo. Reconocemos la existencia de sesgos de participación propios de la ciencia ciudadana, como el sesgo de voluntariado (participación de personas previamente sensibilizadas), sesgos geográficos y la brecha digital o socioeconómica. Por otra parte, también estamos contribuyendo a la monitorización del suelo en Europa. El principal aporte es el diseño de un único protocolo participativo que integra los ocho indicadores de salud del suelo propuestos por la Misión de Suelo. En lugar de reemplazar a otros sistemas oficiales de monitoreo europeos, las observaciones generadas por la ciudadanía de ECHO las complementan, aportando una mayor densidad espacial en un lapso temporal más corto

El proyecto está demostrando que el suelo debe dejar de ser un elemento olvidado y que su protección requiere reconectar a la ciudadanía con la tierra que sostiene nuestra vida. La ciencia ciudadana contribuye a ello, aporta datos científicos de gran valor y genera un impacto social al convertir a las personas en participantes activas y conscientes de la protección del suelo. Al acercar herramientas científicas a la ciudadanía, ECHO fomenta una nueva relación con el suelo basada en el conocimiento, el respeto y el compromiso con su conservación.

Referencias

Froger, C., E. Tondini, D. Arrouays, et al. 2024. “Comparing LUCAS Soil and National Systems: Towards a Harmonized European Soil Monitoring Network.” Geoderma 449: 117027. . https:// doi. org/ 10. 1016/j. geode rma. 2024. 117027

IPCC. 2023. “Climate Change 2023: Synthesis Report.” In Contribution of Working Groups I, II and III to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change (Core Writing Team), edited by H. Lee and J. Romero. IPCC. https:// doi. org/ 10. 59327/ IPCC/ AR6- 97892 91691647

Orgiazzi, A., C. Ballabio, P. Panagos, A. Jones, and O. Fernández-Ugalde. 2018. “LUCAS Soil, the Largest Expandable Soil Dataset for Europe: A Review.” European Journal of Soil Science 69: 140–153.

Powlson, D. S., P. J. Gregory, W. R. Whalley, et al. 2011. “Soil Management in Relation to Sustainable Agriculture and Ecosystem Services.” Food Policy 36: S72–S87. . https:// doi. org/ 10. 1016/j. foodp ol. 2010. 11. 025

Prăvălie, R., P. Borrelli, P. Panagos, et al. 2024. “A Unifying Modelling of Multiple Land Degradation Pathways in Europe.” Nature Communications 15: 3862. . https:// doi. org/ 10. 1038/ s41467- 024- 48252- x

Serrano, F., T. Holocher, B. Kieslinger, F. Sanz, and C. G. Silva. 2014. White Paper on Citizen Science for Europe. European Commission, Socientize Consortium. . https:// ec. europa. eu/ futur ium/ en/ system/ files/ ged/ socie ntize_ white_ paper_ on_ citiz en_ scien ce. pdf