El ámbito de la Ciencia Ciudadana sigue su camino de proyección social, lento pero constante. En estos momentos se está desarrollando el primer curso dedicado a la Ciencia Ciudadana en Barcelona. Lo organiza la Universidad de Barcelona del 8 al 12 de julio y pretende introducir al alumnado en el mundo de la ciencia ciudadana desde un enfoque activo y participativo. Ibercivis ha estado presente con la participación de Fermín Serrano en la mesa redonda que tuvo lugar el lunes día 8 en el Cosmocaixa titulada ¿Ciencias ciudadanas? Introducción a una ciencia participada». Compartió dicha sesión con Ignasi López Verdeguer, subdirector del Área de Ciencia, Investigación y Medio Ambiente de la Fundación La Caixa, y Josep Perelló Palou, profesor agregado del Departamento de Física Fundamental de la Universidad de Barcelona. Por otra parte está abierta la convocatoria para el próximo curso de Ciencia Ciudadana de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo (Santander). Titulado «Ciencia, Cultura y Participación», el curso lo organizan la UIMP y el Ministerio de Educación a través del Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y de Formación del Profesorado. Tendrá lugar el 9 al 13 de ese mes bajo la dirección de Antonio Lafuente García (CSIC), y su cumplimiento acredita 30 horas de formación. Está previsto que Fermín Serrano sitúe a Ibercivis en el evento colaborando con una ponencia.

Este blog es el lugar ideal para verter algunos comentarios al hilo de estos eventos, y quién sabe si generar debate.

En primera instancia cabe subrayar una escasa participación en el Curso, algo que debería mover a reflexión respecto de la organización de los cursos de verano en la situación actual. Puede que el modelo de organización (y pago de matrículas) que triunfó en los 1990s merezca un replanteo, o que quizás la saturación académica del alumnado también esté haciendo su trabajo. ¿Se sostiene el modelo? ¿Es útil? ¿Existe algún análisis sobre la evolución de la asistencia a los cursos que organizan las entidades académicas y científicas durante el verano?

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Dicho lo cual, merece ponerse de relieve la calidad y el buen ambiente que reinó en el debate del primer día de Curso, y que probablemente se intensificará a lo largo de los próximos días. Fermín nos ha transmitido el entusiasmo que pudo percibir en la jornada en que participó. Sobre todo, porque sin haber un auditorio masivo se encontraban representados todas las actividades o fases de la Ciencia Ciudadana: científicos, voluntarios, comunicadores, artistas… Como suele ocurrir, tras el debate se abre la oportunidad de un verdadero intercambio de experiencias, de puntos de vista o de esperanzas, y no fue menos lo ocurrido en Barcelona. Una de las ideas que más claramente quedó definida en aquel momento fue la de que es fundamental que todas las partes implicadas en un proyecto de ciencia ciudadana estén presentes y desarrollen su función completamente. Si no es así, puede fallar todo el proyecto (investigación, comunicación, divulgación, financiación…), lo cual genera un cambio de discurso en las personas y en las instituciones. La Ciencia Ciudadana plantea un cambio actitudinal muy de fondo: comprobados los beneficios de la colaboración en todos los ámbitos de la vida social, el conocimiento fragmentado e hiperespecializado del conocimiento tal y como se ha desarrollado hasta la actualidad, sin tener en cuenta los campos que se relacionan con la propia actividad, deja de tener sentido. La horizontalidad que vertebra la Ciencia Ciudadana precisa de debate, de intercambio, de diálogo… y por supuesto, también de contraste y de aceptación de las críticas. Estamos asistiendo a cambios trascendentales en la sociedad actual, algunos sin duda alguna imprevistos: pueblos que no esperábamos ver en las calles se rebelan pidiendo libertad, y monarquías «democratizadas» por matrimonio se someten a la parte menos agradable del oropel, al escrutinio público y judicial. La ciencia, por todos aceptada como punta de lanza del progreso moderno, no debe, no puede permanecer al margen de su socialización, anclada en los habituales usos y tradiciones del saber académico. La tensión entre esa democratización y el propio concepto de ciencia (que requiere de unos requisitos de planteo, experimentación y comprobación que deben de ser rigurosos), sigue abierto y plantea líneas interesantísimas para seguir avanzando, siempre que se consiga levar el ancla del miedo al cambio y al diálogo.